El verdadero infierno
¬ Augusto Corro jueves 20, Dic 2012Punto por punto
Augusto Corro
Las prisiones de México son verdaderos infiernos. Así lo planteamos en estos días a raíz del hacinamiento de internos en esos mal llamados centros de rehabilitación. Lo que ocurre en las penitenciarías es del conocimiento de propios y extraños.
Lo grave de la situación es que las autoridades saben que sucede al interior de las prisiones y nadie tiene el interés real que ayude a resolver los gravísimos problemas.
Las masacres, signo de la descomposición en las cárceles, reflejan un total descontrol de las autoridades en la vigilancia de miles de reclusos. Claro, juegan un papel definitivo la corrupción, la sobrepoblación de reclusos, el poder de los grupos y todo lo que se le quiera sumar.
La mezcla de todos esos elementos produce las masacres como la registrada antier en la cárcel de Gómez Palacio, Durango.
Esta vez se trató de un intento de fuga que generó como saldo inicial doce reos y nueve custodios muertos.
Según los testigos de la masacre, los internos empezaron a disparar sus armas de fuego contra los custodios que se encontraban en las torres de vigilancia. La fuga masiva se frustró después del baño de sangre.
En las cárceles mexicanas se da el caso que el autogobierno de los reos y la administración de los penales no se distingue. Es tal el poder de los grupos de internos, que la autoridad se encuentra anulada.
En la prisión mencionada, días antes varios reclusos fueron trasladados a otro centro penitenciario. Es común la resistencia de los presos a cambiar de cárcel, porque con esos movimientos pierden sus cotos de poder o los alejan de sus intereses personales, entre otro la cercanía con sus familias.
El hecho es que las matanzas entre los internos o las derivadas de los enfrentamientos de estos con los custodios a nadie sorprenden. En la batalla campal registrada en el Centro de Reinserción Social (Cereso) número 2 se utilizaron puntas y armas de fuego.
Tampoco sorprende que los internos guarden en sus celdas rifles o pistolas y teléfonos celulares. La corrupción de las autoridades es tal que no se respeta ninguna ley. Desde el interior de las prisiones actúa la delincuencia para ordenar secuestros y extorsiones. Desafortunadamente, no se le ve fin a la barbarie que se registra en los reclusorios. Las autoridades tienen la palabra.
UNA ACTIVIDAD PELIGROSA
En México no nos cansaremos de repetirlo: los periodistas son víctimas de la delincuencia organizada y de los caciques.
De acuerdo con las estadísticas, de 139 periodistas que perdieron la vida en 29 países durante 2012, México se ubicó en el cuarto lugar. Concretamente, en nuestro país once comunicadores fueron asesinados mientras desempeñaban su profesión. Debido a la guerra fallida de Calderón contra la narcodelincuencia, decenas de periodistas perecieron en el sexenio pasado.
En la mayoría de los casos, los asesinos se encuentran libres y gozan de impunidad total.
Los caciques en el poder son otros enemigos permanentes de los periodistas. En Puebla, el gobernador Rafael Moreno Valle le declaró la guerra total a los comunicadores. En esa entidad la libertad de expresión es acosada por el mandatario convertido en aprendiz de dictador. En Veracruz, los periodistas están bajo el asedio constante del gobierno estatal que no quiere saber nada de los medios de comunicación. En ese estado, se registró el mayor número de periodistas asesinados en el 2012. También el mal trato a los periodistas se da a nivel de policías locales.
El martes pasado, en Ixmiquilpan, Hidalgo, tres periodistas fueron detenidos, esposados y encarcelados porque publicaron una cadena de abusos cometidos por la policía municipal.
Los comunicadores privados de su libertad son: Marco Antonio Cabañas, corresponsal del Diario Plaza Juárez; Hugo Cardón, de La Crónica de Hoy-Hidalgo; y Erika Gutiérrez, de Diario Criterio.
Ellos fueron enviados a las galeras porque denunciaron las arbitrariedades de los representantes de la ley. Ojalá y los representantes de derechos humanos en Hidalgo agilicen la atención a los periodistas que una vez más son víctimas de los caciques.